Jason está volviendo a la casa de sus padres, la última en una calle a las afueras de una localidad pequeña. El autobús avanza y ni siquiera sabe por qué está pensando en Max. Quizá nunca se olvida a los vecinos de cuando uno es niño.

No reconoce la estación de autobuses. La han reformado. Lo que sí sigue ahí es el estanco de la esquina, el que abría veinticuatro horas. De madrugada vendía cerveza sin alcohol, porque el propietario decía que a esas horas ya habían bebido bastante. Jason no recuerda haber visto a Max nunca por allí. De hecho, no recuerda haberle visto más allá del jardín de su casa.

De pequeño nunca había jugado con Max. Max parecía mayor. No en altura, estarían más o menos en el metro veinte los dos, sino en su forma de expresarse. No es que Jason le hubiera oído hablar mucho, pero como eran vecinos, cuando Max llamaba a voces a su madre, Jason escuchaba alargarse la eme, abrirse la u, hasta terminar en un mmmm. Si no había respuesta inmediata, las letras se contraían y la siguiente vez que Max gritaba, su madre aparecía.

Muchos días Jason le espiaba de reojo desde el ángulo izquierdo, escondido entre los visillos. Max siempre giraba la cabeza hacia la ventana de Jason, le saludaba con un leve movimiento de mano. Entonces Jason colocaba el visillo en su sitio y se iba al colegio. Cuando volvía, Max seguía en el mismo sitio del jardín de su casa con los coches en miniatura esparcidos entre la arena y la hierba.

Una mañana la señora Taylor, la madre de Max, salió de casa, tan arreglada como siempre, para ir a la compra. Ese día se paró delante de la casa de Jason. La señora Andrew barría el porche con el escobón.

—Pídale a su hijo que deje de mirar por la ventana. Incomoda a Max.

—Quizá puedan jugar juntos un día.

—Max no puede estar con otros niños.

Y la señora Taylor se marchó apretando los puños en dirección al ultramarinos.

El día que la señora Taylor murió se llevaron a Max. Fueron a buscarle unos tíos suyos. Hacía tiempo que ya no movía los brazos, pero seguía girando la cabeza hacia la ventana de Jason. Cuando le metieron en el coche, ya no se volvió a mirarla.

Hoy Jason no encuentra interesante el paseo desde la estación a casa de sus padres. Nunca lo fue, porque las ciudades que han crecido alocadas gritan tristeza en los suburbios. Las pequeñas casas de madera se suceden en línea. A lo lejos ve el cartel de «Se vende» en la casa donde creció. Ya no están sus padres. Desde hace tiempo no están en ningún sitio.

Jason saluda al vendedor que le espera con una gran sonrisa al lado de un enorme cartel con su foto y letras gigantes de Real Estate.

La casa de Max sigue ahí, ahora cubierta de verdín y plantas trepadoras. Se ve el lugar en el que siempre tenía sus coches y juguetes. El lugar del que nunca se movía.

El vendedor y Jason entran en la casa y, desde la ventana del lado norte, Jason busca de nuevo el jardín de Max.

—El comprador quiere las dos parcelas.

—¿Van a derribar la casa de al lado?

—No, quiere conservar las dos, van a unirlas con una rampa. De aquí a allí.

—Pero esto es una ventana.

—El comprador quiere abrir una puerta donde está esta ventana.

La casa de Jason tiene todos los muebles tapados con telas, porque su madre siempre pensó que un día volvería. Jason quita la tela de un sillón y lo acerca a la ventana. Siempre le habría gustado jugar con Max y sus coches, allí, en el jardín. Cuando, pasados unos años, se lo preguntó a su madre, ella le dijo que se olvidara de ese niño y que se fuera a jugar al parque con los demás.

—Señor Andrew, entonces, ¿le parece bien la oferta?

—No, dígale al comprador que la casa ya no está en venta, pero que voy a abrir una puerta donde está esta ventana y que puede colocar la rampa.

— Fin —