—Mire, yo vengo porque tengo un trauma infantil.
El terapeuta me mira. Claro que me mira, les estoy pagando ciento veinte euros, debería ponerme unas aceitunas con una cerveza en esta mesa tan mona que tengo al lado.
—¿Quieres contármelo?
No, he venido a mirarnos, ¿qué le parece? Me callo y preparo la respuesta:
—Recuerdo que bajaba una cuesta, creo que es la cuesta del colegio, en ese momento yo era una niña feliz.
Ahora el tipo solo escribe. Ya no me mira. ¿Estoy sola?
Se lo repito:
—En ese momento yo era una niña feliz.
Sigue escribiendo y sin alzar la cabeza me pregunta:
—¿Vas sola?
—No, mi abuela viene detrás, pero más despacio porque está muy gorda y no puede andar rápido.
Él escribe. Cien euros ya consumidos.
—Sé que estoy contenta y mis amigas también corren cuesta abajo. Quizá lleve en la mano un bocadillo de chorizo o de mortadela con aceitunas.
—¿Te gustaba?
—¿El qué? ¿el colegio o el bocadillo?
—El que quieras.
Ciento veinte euros por elegir respuesta.
—El colegio era divertido. Había unas ruedas que daban vueltas en el patio de arena.
—¿Y el bocadillo? —insiste sin darme opción a elegir esta vez.
—No sé —contesto sin mirarle.
La sesión ha terminado. Me cita otra vez el martes siguiente. Pago y salgo de la sala.
Una semana más tarde cuando llego hay algo diferente. Me mira. Claro que me mira, ciento veinte euros. Sonríe amable. Me siento y en la mesa mona hay algo envuelto. Miro el envoltorio de aluminio, mi abuela lo llamaba papel de plata.
—¿Quieres contarme algo?
No me voy a reír que tengo un trauma.
—No sé, hoy no se me ocurre nada.
A ver si habla él. Me pide que coja el objeto envuelto en aluminio y que poco a poco lo vaya descubriendo. Muy lento. Le pregunto si debería estar asustada, él me dice que no. Está rugoso y suena a cocina. Una punta se desprende y tiro para dejar al descubierto un papel blanco que parece de cocina. El objeto está desnudo, en mi mano parece un bocadillo. Le quito el papel blanco y descubro el pan. De un lado cuelga cansada la mortadela. No la recuerdo tan rosa.
—¿Quieres contarme algo más de la cuesta?
Miro el bocadillo con asco. Quizá tendría que haber elegido chorizo.
—La cuesta… —respondo todavía con el bocadillo en la mano.
Empiezo a estrujarlo.
—La cuesta —sigo—, yo era una niña feliz —aprieto todavía más el bocadillo y la mortadela se desintegra para escaparse del pan que cede.
El bocadillo ya no cabe en mi mano y cae al suelo casi todo excepto el trozo atrapado en mi puño enrojecido.
—¿Qué pasó?
Empiezo a sollozar como un bebé y a sorber los mocos que se desatan por la nariz. Me acerca la caja de kleenex, rascan, son de papel malo. Mierda de ciento veinte euros. Lanzo el trozo de bocadillo del puño contra la pared.
—Dejé de ser feliz —por fin consigo decir mirando la mancha que la mortadela rosa fosforito ha dejado en la pared.
Él escribe y me pregunta:
—¿Y sabes por qué?
—Un día bajé la cuesta sin bocadillo.
—Sin bocadillo —repite él mientras sigue moviendo el bolígrafo azul.
—Y después otro día más sin bocadillo —ahora estoy rodeada de kleenex usados y no solo lloro sino que emito un sonido de berreo.
—¿Y cómo te hace sentir eso?
—¡Con hambre! —pierdo los papeles.
Él no, él sigue escribiendo, seguramente escribe que soy una desequilibrada.
Me pregunta:
—¿Por qué no hay más bocadillos?
Me sueno los mocos otra vez, me calmo, dejo de llorar, me limpio la mano donde todavía quedan micro trozos de mortadela fosforito incrustados en la piel.
—Mi abuela me empezó a decir que no había bocadillos porque yo estaba muy gorda.
—¿Era verdad?
—La verdad… —respiro—, la verdad es que se los comía ella antes de que yo saliera del colegio.
Ahí está, lo que nunca he contado a nadie porque me hizo prometer que era nuestro secreto.
Ciento veinte euros después me cita para el martes siguiente. Salgo con la cabeza alta de la consulta.
Una semana más tarde cuando llego a la sala hay otra vez algo diferente. Me mira. Claro que me mira. Sonríe amable. Me siento y en la mesa mona hay un cuenco con mazapanes y polvorones. Nos miramos.
—¿Hay algo que quieras contarme hoy?
¡A ti qué te parece! ¿Que he venido a celebrar la Navidad contigo? Me callo. Miro los mazapanes, los polvorones. No puede ser. Cojo un mazapán pero no lo abro. Lo aprieto como el bocadillo. Antes incluso de que yo sea consciente de que estoy sollozando, él ya me ha acercado la caja de kleenex. Los mazapanes siguen ahí, asquerosamente envueltos ¿Cómo es posible que este tipo sepa también lo de mi madre?
— Fin —