El Yuno se comió a El Jarilla, o fueron sus perros adiestrados, nadie lo sabía bien. Esa fue la penúltima de las desapariciones.

Los del pueblo hablaban de él. No como hablaban de la vecina de la calle Laurel que se había enamorado del dueño del estanco y le perseguía con el correspondiente enfado de su mujer que la insultaba cada vez que se cruzaban. De El Yuno se hablaba en bajito, no fuera que mentar a la bicha trajera ya más desgracias a aquel lugar cobijado de negro entre el abandono. Pero todos hablaban de él. Mi padre, mi madre, mis hermanos y la maestra con el director del colegio. Les oí murmurar un día «no enfades a El Yuno».

Creo que nadie le había vuelto a ver desde que murió su mujer y le salió la cicatriz en medio de la frente. Fue cuando se retiró a vivir a la finca cochambrosa con los perros y empezaron las desapariciones.

Primero El Filetes que, según su hija, una noche después de cerrar la carnicería no llegó a casa. A él culpaban de haber envenenado a la mujer de El Yuno con una carne de jabalí con triquinosis. Envenenó a la mujer de El Yuno y a alguno más, pero solo ella murió. El Filetes había atropellado al jabalí con el coche y le remató con su escopeta. En la carnicería hubo carne de jabalí mucho tiempo y esa escopeta es la que encontraron en el mostrador de la carnicería, expuesta con los zarajos, los sesos, las vísceras… y demás partes de cadáveres de animales pero ni rastro de El Filetes.

Nadie había vuelto a ver a El Yuno aunque sí se oía ladrar a la jauría de perros adiestrados que se revolvían por la finca de las afueras del pueblo. Durante el día estaban en silencio pero en cuanto algún pájaro se atrevía a llamar al atardecer empezaban ellos con ladridos intercalados y sonidos que a veces parecían más los de un lobo en celo.

Otra noche, esto fue antes de que llegaran las fiestas patronales, don José el párroco, colgó los hábitos. No se sabe si los colgó él o se los colgaron pero aparecieron en el perchero de la sacristía intactos. El Ratilla que vivía en la última casa antes de llegar al río, y que siempre andaba pasado de etanol, comentó que esa noche creyó ver a don José desnudo corriendo en dirección al bosque perseguido por tres perros, o tres lobos, no recordaba muy bien porque esa noche también estaba pasado de etanol. Él siempre lo negó, lo del etanol.

A los más pequeños nos prohibieron salir después de que se pusiese el sol. Para entonces El Yuno era un ser negro, con capa de gigante, colmillos de elefante y dedos serpenteantes como garfios. Las fiestas no se celebraron más y el pueblo cayó en un desgarrado letargo que engullía a todo el que llegaba incluso si estaba solo de paso.

Eso le ocurrió a un comerciante que tuvo que hacer noche en la pensión del tío Paco y al que mis amigos y yo vimos llegar cargado con unas maletas de cocodrilo. Nos quedamos mirándolas un buen rato porque no sabíamos que los cocodrilos se podían transformar en maletas. Él venía de la capital, el rostro no se lo vimos porque lo cubría con una gorra y un pañuelo que pensamos sería para protegerse del polvo y el calor que en agosto se paseaba por todos los rincones, incluso los que estaban en sombra. Lo que más nos sorprendió es que cuando apoyó las maletas en el suelo debajo de la marquesina y él entró a hablar con el tío Paco esas maletas se movieron y crujieron.

El forastero se empeñó esa noche, después de la puesta del sol, en salir a caminar. Como nadie paseaba a esas horas desde hacía años, el alcalde había apagado las pocas luces que iluminaban las calles y la noche era más negra que en cualquier otro lugar. Pero esa noche había luna llena con brisa de verano. Entraba mucha luz por las ventanas y algunas partículas de aire se paseaban por las habitaciones caldeadas. Los perros de El Yuno hacía ya un rato que habían comenzado su concierto. Todos en el pueblo teníamos las ventanas abiertas, primero tres o cuatro ladridos cortos, después venía el aullido alargado, dos cortos, dos alargados, y volvían a empezar. Antes del siguiente ladrido corto, sucedió algo porque, de repente, se hizo el silencio.

Eran ya pasadas las diez y la mayoría de los vecinos estaban en sus camas adormilados por los cánticos perrunos. Cuando se desató el silencio impropio, las ventanas se iluminaron y las cabezas asomaron a respirar el aire fresco y a buscar una explicación. Así siguió todo, hora tras hora, minuto tras minuto. Nadie durmió esa noche. Nadie salió de su casa pero se empezó a intuir un murmullo de ventana a ventana, en bajito, «no fueras a enfadar a El Yuno».

Esa noche El Ratilla llevaba tal cogorza que cuando asomaba la cabeza por la ventana se quedaba dormido apoyado en el alféizar, entonces volvía a la cama, y se despertaba, y asomaba la cabeza, y se dormía de nuevo en la ventana. Aun así dijo que había visto una sombra de un gigante con capa negra que corría perseguido por varios animales que se arrastraban por el suelo aunque no recordaba qué animales eran. Después comentó que eran cocodrilos pero ya nadie le creyó.

El comerciante no volvió nunca más por la pensión, ni tampoco aparecieron sus cocodrilos convertidos en maletas.

Pasaron varias noches más y nada de ruido, nada de aullidos. Solo un leve pasar del río en las casas cercanas al agua. Los de las casas de dentro oíamos las cigarras. Cada noche salía más gente a la calle después de ponerse el sol. Primero solo un corrillo cerca del portal y luego algunos ya se atrevían a trasladarse de calle en calle. Los días más calurosos, volvimos a sacar los colchones a los patios y las calles para estar más frescos. El Ratilla era el único que se encerraba en su casa con las ventanas cerradas porque decía que los cocodrilos podían trepar hasta un primer piso.

— Fin —