Llega como llegan las cosas bonitas, en silencio y de puntillas.
Tres años antes no había llegado nada en silencio. Un estruendo en el que los pájaros solo podían graznar y el traqueteo que nunca se apagaba no me dejaba dormir. Corría de un vagón a otro y nunca llegaba a la máquina en la cabecera, cada vez añadían más vagones. Los tornillos que unían unos con otros me gritaban que todavía no, y si me lanzaba a saltar, se desenganchaban.
Un día me bajaron, a mí no me quedaban fuerzas, pero ellos decían que ya se había terminado el trayecto. Un tornillo del que me había encariñado se vino conmigo. Ese día me devoró la fantasía de que todo volvería a ser como antes, que reconocería la tierra bajo mis pies, pero el polvo marrón se metió hacia dentro sin querer dejarse tocar. La fantasía me devoró sin piedad. Las plantas se olvidaron de beber y las ortigas sangraron.
No encontré un pueblo, ni un apeadero, ni un vertedero donde tirarme. El poco aire no dejaba que me engullera el polvo. El traqueteo resonaba en mi cabeza. Un día no salió el sol y así no tuve que mirar la nada. Otro día vi un árbol de colores que apareció en la luna. Después todo negro de nuevo. El traqueteo. Yo avanzaba por las noches porque es cuando no hace falta hablar. El tornillo pesaba sin control.
Una mañana mis ojos creyeron ver algo diferente y se adelantaron. Como yo no podía mirar, avancé sin ojos y sin ganas. Era más fácil así. Los ojos volvían y decían que poco a poco se hacía grande aquello diferente. Intenté caminar de espaldas para hacerlo desaparecer, entonces me mareaba y caía en la tierra que se había metido para dentro.
Un día el sol salió y todo se volvió borroso. Solo el traqueteo. Ruido con cuerpo y apellido que me recordaba que estuve en algún sitio antes. Cerré la cabeza y me comí una ortiga que me dejó la boca pastosa. Me quedé dormida. Al despertar el tornillo resbaló a la nada que me sostenía y se rompió sin fragilidad, dejándome sola.
Vuelve el traqueteo, sigue el traqueteo, tiqui, taca, tiqui, taca. La nitidez es tan grande que me abre la puerta. Avanzo sin despertar al polvo cuando la nada se hace hierba.
Poco a poco voy moviendo los dedos de las manos. Todavía siento los efectos primarios de los secundarios de lo que no llegó en silencio. El traqueteo desaparece. Canto una melodía que hace despertar una planta que bebe de la fuente y baila. Cada grano de tierra se alza conmigo, me tienden la mano porque el polvo ya no quiere engullirme. Los ojos ruedan hasta quedarse a mi lado.
Ahora lo veo. Ahí está, sigiloso como un animal que espera en la maleza por la noche. Lo miro, me mira con los ojos resplandecientes y nos saludamos, en silencio. Avanza de puntillas, como avanzan las cosas bonitas y se detiene a mi lado. Me coloco los ojos y abro mi cabeza. Ahora lo veo. En la mano lleva un tornillo, lo sujetamos juntos, es suave y se ablanda con el calor de nuestras manos. Sabe a bizcocho casero. Nada vuelve a ser como antes porque nada vuelve a ser. Pero todo está bien, solo bien. Y eso ya es una cosa bonita.
— Fin —