Me encuentro con M en la cena de empresa. M está radiante, se ha dejado barba blanca, y su sonrisa delata una emoción que no cuadra con sus cincuenta años. Le pregunto por su vida en la ciudad de provincia a la que se mudó con su mujer.

—Me he separado —dice juguetón.

Yo asiento con la cabeza. No me extraña.

—Ahora vivo en un pueblo cerca de Madrid —añade.

Enseguida llega su amigo. Sin esperar a que M diga nada comenta:

—Y se ha comprado una furgoneta para viajar.

Los dos se ríen. Hay algo en esa risa que no cuadra con las arrugas de la frente de M. Su amigo sigue ejerciendo de narrador sabihondo:

—Para viajar… y para algo más, porque está quemando el Tinder.

M se va transformando en un adolescente.

Le miro, me mira. Me cuenta que ha descubierto un mundo. Su amigo escucha los relatos de su héroe y yo poco a poco me voy alejando, sin hablar, sin hacer ni un ruido, lo que viene siendo ponerse de perfil bajo.

Quedo con mi amiga L. Le cuento lo de M.

—¿Y cuando queda con las del Tinder les dice que su casa es una furgoneta? —pregunta L.

—Según él, lo avisa. Y según él, hay un gran público femenino que enloquece.

—¿Y va de ciudad en ciudad?

—O de pueblo en pueblo, se aparca y abre Tinder.

—¡El furgotinder! —dice L.

Nos reímos. Ella entona una frase cantada y alarga el tono:

—¡Señora, ha llegado furgotinder, reparamos todo! ¡Furgotinder, señora, tuberías, desatrancos!

Ahora estamos llorando encima de la mesa. Los demás clientes de la cafetería nos miran. Lo que viene siendo abandonar el perfil bajo.

He subido al pueblo. Todos los amigos a los que me encontré están peor que cuando estuve la última vez hace quince años. Entro a tomar un café. Me encuentro con G. Su cara no solo está ajada, sino que presenta granos que no son propios de sus cincuenta años.

—Me he separado —dice juguetón.

Su sonrisa de adolescente se une al acné.

—Y ahora tengo una furgoneta.

—Furgoneta… —repito.

Yo no sé si quiero seguir con esa conversación. Él sí.

—La semana que no tengo a las niñas me voy a viajar en furgoneta.

Un amigo de G se nos acerca. Su sonrisa cómplice me dice que sabe lo de su furgoneta. Nos dice que tendremos que quedar, se refiere a G y a mí. Yo propongo otro café. Ellos, cenar. Yo aviso de que a cenar estoy con mi hija y mi marido, recalco la palabra marido. Ellos ríen y yo me voy alejando poco a poco, sin hablar, sin hacer ni un ruido, lo que viene siendo ponerse de perfil bajo.

He quedado a cenar con mis amigas L y S. Aprovecho para informar a L del caso de G.

—¿Sabes que me encontré a un amigo en el pueblo? Se ha separado, tiene pinta de adolescente salido con granos, y también se ha comprado una furgoneta.

L me mira incrédula. S nos pregunta de qué hablamos. Se lo explicamos. Le contamos que M, al que también conoce ella, se ha separado y comprado una furgoneta que hemos bautizado como furgotinder.

Entonces L entona su frase cantada como si fuera un pregón.

—¡Señora, ha llegado furgotinder! ¡Furgotinder, señora, arreglamos bajos, todo manual, servicio completo! ¡Ha llegado furgotinder!

Le explico a S que además el mes pasado me encontré con otro amigo en el pueblo que también se ha divorciado y también se ha comprado una furgoneta.

S se sorprende. Nos mira y comenta:

—Pues ahora que lo dices… tengo un amigo que se acaba de comprar una furgoneta.

Las tres nos quedamos inmóviles.

—¿Y se ha separado? —pregunto.

—¡Sí!

La risa desbocada se nos nota en el restaurante. Pedimos otra ronda de margaritas, por si acaso.

S saca el móvil. Dice que si en los últimos meses se nos han desvelado tres casos de furgotinder eso es que existe un movimiento. Lo busca.

—Sí, un movimiento sexy —añade L.

—Quizá se avisen unos a otros, como los taxistas —comento—. Chicos, por la zona noroeste hay trabajo, necesitamos refuerzos.

—¿Y si le entran ganas de ir al baño a él o ella? —pregunta S.

—Quizá lleven pañales como los de los conciertos de Taylor Swift —contesta L.

Nos tiramos encima de la mesa. El camarero no sabe dónde colocar las margaritas. Lo que viene siendo abandonar el perfil bajo.

Estoy en el parque infantil con mi hija. Llega A y le dice a H que el otro día los niños estuvieron jugando en la furgoneta de su marido.

—¿Y se subieron a la cama en la parte de arriba? —pregunta H entusiasmada.

Yo me hago la sorprendida. Ella me cuenta que su marido es comercial y se recorre España en furgoneta.

—Fui yo quien insistió para que se la comprara porque al principio a él no le gustaba nada viajar así.

Yo no me muevo. Ya hay un movimiento que no es el mío.

H sigue emocionada con su relato.

—Ahora mi marido está encantado con la furgoneta. No para de visitar a clientes por toda España.

Yo no me muevo, me voy alejando poco a poco, sin hablar, sin hacer ni un ruido, lo que viene siendo ponerse de perfil bajo.

— Fin —