Las casas de alquiler ya vienen con solera. Eso pensó Maite cuando abrió la puerta de su nuevo hogar. Era una casa pequeña pero el blanco de las paredes y los tonos beige de la decoración serían el marco perfecto para escribir su novela. Esta casa da paz. Cerró la puerta metiendo por último la caja del espejo.

El espejo lo había encontrado hacía unas semanas en el Rastro. Le hizo especial ilusión porque se parecía a uno que había en la casa de sus abuelos cuando era una niña.

Lo colocó con delicadeza en el baño, se lavó las manos y subió la mirada para observar la sonrisa de felicidad que le producía su nuevo hogar. En ese momento Maite clavó los ojos como los de un gato en la oscuridad y dio un paso atrás. El espacio era pequeño y chocó con la pared. No encontraba su rostro reflejado. Una imagen de una ventana con una escena se mostraba en el espejo. Era una ventana al mar. Era el reflejo de ese manto azul inquieto de su niñez. Había un barco conocido, ese que siempre le pareció que navegaba solo y un hombre saludando… su abuelo.

Maite consiguió salir del baño. Se tomó la tensión pensando que quizá había sufrido alguna subida o bajada. Estaba todo bien. Abrió una botella de tinto y se sentó. En su mente seguía el barco de su abuelo que flotaba en el mar y apuntaba hacia delante con el ímpetu de las naves griegas. El sabor del gasóleo iba quedando atrás dejando paso al frescor del mar, de las chispitas de agua que sin permiso entraban. Olían hasta las gaviotas que les acompañaban planeando a lo largo de la travesía. Una vez fondeados, solo el vaivén, solo el murmullo del pasar del agua sin esfuerzo y a lo lejos algún graznido.

Ella y su abuelo flotaban lentamente sobre un manto de corrientes e incertidumbre que podía llevarles a cualquier parte.

Maite dio un trago a la copa de vino. Su mano todavía temblaba y no quiso aceptar lo que había pasado. Volvió a entrar en el baño, segura de que esta vez el espejo le devolvería su imagen. Pero sus ojos se volvieron a clavar en la ventana que se abría en el espejo.

Las estanterías marrón muy oscuro llenas de libros ocupaban el espacio que se prolongaba hacia el infinito. Libros y más libros. ¡Ella había visto aquello antes! Pudo incluso sentir el cigarro encendido de tabaco de liar al que siempre olía el despacho de su abuelo. Entonces en la silla detrás del escritorio marrón lleno de papeles apareció él con el cigarro en la boca mientras ayudaba a escribir a una niña que tendría unos seis años. Maite no intentó salir del baño esta vez. Los libros invadían la escena y la pequeña mano de la niña sostenía un portaminas que garabateaba unas letras que componían un nombre. El cigarro del abuelo se consumía al ritmo de las marchas militares que sonaban en el radiocasete.

Cuando por fin Maite pudo salir del baño, se sentó en la silla detrás de la mesa beige, cogió un lápiz como lo hacía esa niña de seis años veinte años atrás y aceptó sin dudas que era la casa en la que escribiría su novela. Una novela sobre un barco en el mar.

— Fin —