Por la mañana Mariella corrió las cortinas. Todo era luz y las arrugas de su cara se dibujaron enseguida. A ella nunca le importaron las arrugas. Los setenta años se difuminaban jugando con los ojos alegres y la sonrisa paciente que aparecía sin prisa y sin esfuerzo.
El mar se movió delante de sus ojos. No abrió la cristalera. Hoy era mejor dejarla cerrada porque en diciembre los vientos del norte avisaban de que era mejor quedarse en casa azuzando el fuego. Ese día el mar tenía las manchas blancas de espuma que picaban al mirarlas.
Petra se levantó al oír el roce de las arandelas de las cortinas. Sus ojos rechazaron toda esa luz. Los dejó cerrados, solo el mínimo para no chocarse con la mesa y los sofás. Sus treinta y cinco años se habían escondido entre los ojos hundidos del último mes. Eso hacía que los músculos de su cara parecieran apagados desde que perdió a su embrión Nico. Creía que no volvería a sonreír nunca más.
Priya seguía dormida, cogida a las orejas de su conejo de felpa que no soltaba nunca por la noche. Petra había ido a ver a su hija antes de llegar al salón; la pequeña dormía como saben hacer los niños pequeños, sin prisa, sin esperar nada, sin saber si habrá algo más allá.
Mariella se mantuvo en silencio mientras Petra avanzaba cerrando cada vez más los ojos. Solo le tendió la mano cuando llegó a la cristalera, a su misma altura. Allí Petra se esforzó por ir dejando que la ranura entre el párpado y la piel se hiciera más grande. Petra ardía en su interior vacío.
Mariella la cogió de la mano sin que hubiera palabras en la habitación.
Priya se movió en su cama, pero sujetó con fuerza las orejas del conejo aunque intuyó que era de día.
—Mami —sonó desde la habitación más cercana al salón.
Mariella miró a Petra, que no dejaba de observar el mar. La abuela se acercó alegre hasta la habitación de Priya. Besó a la niña de cinco años y ella se enroscó entre sus piernas. Alguien tenía que sujetarla, porque en su intuición infantil sabía que su madre no se sostenía.
Cuando llegaron las dos al salón, Petra se había sentado en el sofá orientado hacia las vistas. Priya llegó hasta ella amorosa, se subió a sus rodillas y se hizo una bolita para que su madre la abrazara y la acunara. Petra la olió. Ese olor, desde que nació, sumía a Petra en el estado más profundo de la maternidad. Sujetó con fuerza a Priya. Inhaló otra vez. Besó su fino pelo. La empezó a acunar.
Los borreguitos se movieron inquietos sin saber muy bien qué hacer, mientras el viento se retiraba derrotado. Al quedarse solos decidieron volver a esconderse y el mar se fue quedando como un plato mientras Petra acunaba a Priya y miraba cómo el mar llegaba a la calma después de varios días.
Mariella, canturreando, estaba ya preparando el desayuno.
Priya fijó sus ojos en los de su madre. Ella, al darse cuenta, esbozó una sonrisa y los ojos de las dos se reconocieron.
Todo va a estar bien, pequeña, todo va a estar bien.
No hicieron falta palabras. Petra inhaló una vez más el pelo de Priya y la besó.
—Mami, ¿podemos ir a desayunar?
El olor a pan tostado en el horno las había ido a buscar para llevarlas a esa cocina de vistas al mar Tirreno. Mariella acababa de sacar la bandeja del horno con los panecillos tostados untados de mantequilla y azúcar caramelizada. Los de Priya llevaban siempre más azúcar, porque lo que más le gustaba era el crujir de esa montaña pringosa.
Las tres se sentaron en el banco corrido que se asomaba al mar, y Priya insistió en subirse a las rodillas de su madre. Antes de terminar de desayunar, Petra se fue sin decir nada.
Al cabo de un rato la abuela y la nieta oyeron la puerta por la que salió Petra, que se dirigía hacia el mar. Llegó hasta la orilla y, sin esperar a que la sensación del agua fría apareciera en su cuerpo todavía con el pijama, entró en el agua y comenzó a nadar.
—Abuela, ¿yo puedo ir también a bañarme?
La abuela preparó enseguida la chimenea, que todavía tenía algunas ascuas de la noche anterior que no se habían apagado del todo. Priya no le quitaba ojo a su madre, que nadaba con fuerza hacia dentro del mar. Cuando ya pareció que estaba demasiado lejos, dio media vuelta y Priya vio cómo su madre nadaba hacia la orilla. Cada vez estaba más cerca y Priya movió la mano para saludarla. Petra llegó a la orilla y miró la cristalera. Saludó a su hija con energía.
—Abuela, ¡mamá ya viene!
Petra encontró el albornoz preparado en la puerta, se quitó el pijama mojado y se lo colocó tiritando. Ya en casa, se sentó directamente en la silla al lado de un fuego que ya brillaba.
Priya se subió de un salto a las rodillas de su madre. Mariella se quedó detrás de ellas, con una mano apoyada en la cabeza de su nuera y la otra en la de su nieta.
—Mamá, has vuelto.
—Sí, cariño, estoy aquí.
— Fin —