En agosto aterrizo en Calcuta. No un agosto, sino todos los agostos, desde ese agosto en que la película protagonizada por Salman Khan tenía un nombre tan difícil de pronunciar. Ese verano en el cine, junto con otras voluntarias del orfanato de las Hermanas de la Caridad, bailamos, cantamos e hicimos fotos a la pantalla.

Pero no es Bollywood por lo que siempre he vuelto.

Asha tenía tres años y la había rescatado de la calle una misionera de la caridad que la encontró tirada en la cuneta una mañana. Como otras tantas niñas en Calcuta era hija de la pobreza y del lado oscuro más macabro de un adulto que la privó de contemplar el mundo con los ojos. A pesar de no ver, era lista, muy lista. En cuanto Asha oía el tintineo de las cucharas contra los cuencos de metal se acercaba rápidamente a mí para que le diera de comer antes que a los demás niños del orfanato.

—No es bueno que las voluntarias os encariñéis con los niños —me dijo una mañana la sister más anciana.

Yo acunaba con mimo a los que no se podían mover por las malformaciones y les daba de comer el arroz, que apenas entraba en sus bocas, pero en cuanto llegaba Asha, no podía evitar que la atención se dirigiera hacia esa niña sin ojos traviesa y risueña.

El siguiente agosto en el cine ponían Sultan y otra vez en el cartel estaba Salman Khan.

Ese verano Asha había crecido.

Compartí turno con Elisa, una voluntaria italiana de las más veteranas. Vivía en Milán, pero pasaba varios meses al año en el orfanato de Calcuta. A veces iba incluso con sus dos hijas a las que adoptó en India cuando eran pequeñas.

—A mí también me dijo la sister hace veinte años que no me encariñara con ningún niño. Le hice poco caso.

—Imagino que quieren protegerles y que no sufran al irnos.

—Recuerdo que cada verano me costaba más la vuelta a Milán y perdí algunos amigos y a mi pareja de entonces porque solo pensaba en volver a Calcuta.

El tercer agosto Asha reconoció mi voz enseguida y se pegó a mí como si su supervivencia dependiera de ello. Ese verano no fui al cine porque hice todos los turnos en el orfanato, tampoco me apetecía ver Tiger 1 de Salman Khan.

El último día paseé sola desde la casa madre a la residencia. Noté una sensación muy extraña. No sabía si estaba dentro o fuera de la película, y sobre todo, no sabía si la película era la de España o la de allí en Calcuta.

A mi vuelta a Barcelona sucedió lo que había augurado Elisa.

—¡Otra vez estás en otro planeta! —se enfadó Alberto, y a los pocos días él dio por terminada nuestra relación o lo que fuera que teníamos.

No me importó. Había cambiado de dimensión y solo podía pensar en Asha, esa niña de cinco años risueña y traviesa. Llamé a Elisa para informarme de cómo iniciar un proceso de adopción en India. Elisa no se sorprendió.

—Por la forma en la que te encariñaste de Asha sabía que volverías a buscarla.

Dos años más tarde aterricé en Calcuta. Era agosto. Asha se pegó a mí. Me reconoció sin palabras. Ese verano se estrenaba la película de Tiger 3, de Salman Khan, que no fui a ver.

En septiembre aterricé en Barcelona, pero, esta vez, acompañada.

Hoy ya es primavera y vuelvo andando a casa después de dejar a Asha en la escuela. Sonrío orgullosa porque pienso que esta sí es mi película. Quizá tenga un aire a Bollywood. Sonrío y vuelvo a pensar en los ingredientes que necesito para hacer por la tarde la tarta de cumpleaños de mi hija.

En agosto aterrizaremos en Calcuta.

— Fin —