Esa mañana todavía era negra. No se había despertado ni el mar, pero mi padre sabía que la masa de agua encrespada traería buenos peces aquel día.
—Vístete que va a haber buena mar —susurró para no despertar a mi hermano pequeño.
Me quedé unos instantes pensando ¿por qué había decidido mi padre llevarme a pescar con él hoy? Aunque yo insistía con la devoción incansable de una niña pequeña, siempre me decía que yo no podía ir con él porque las chicas no salen a pescar. Él llevaría a mi hermano cuando creciese.
—Esta es una tarea de hombres —recalcaba con autoridad.
Mi padre siempre iba con mi abuelo materno y traían bonitos, maganos, lubinas o cabrachos. Llegaban, tanto ellos como los peces, oliendo a mar en inicio de descomposición. Pero en cuanto mi madre colocaba las ollas en la cocina en la que los tacos de bonito bailaban con el tomate y los pimientos, la casa recobraba su olor de verano. Lo de destintar los maganos se parecía más a una película de terror y me gustaba llenarme el dedo de tinta y escribir mi nombre en la encimera de la cocina. Si mamá me veía me echaba dando voces y yo me iba a mirar los pesqueros a lo lejos intentando descubrir cuál era el barco de mi abuelo. Pero papá no salía a pescar desde que murió el abuelo hacía ya casi un año.
—Coge el chubasquero —me dijo mientras llenaba dos bolsas de táperes de comida que mi madre había dejado preparados la noche anterior.
—Pero si no llueve…
—Es para cortar el viento cuando estemos en alta mar.
—Alta mar, alta mar —resonaba en mi cabeza—. ¡Me llevaba a pescar con él!
Cuando llegamos al barco, Chisco nos esperaba con cara sonriente. Los motores ya estaban en marcha y el ruido era demasiado alto para un momento en que solo se tendría que oír el clonc del agua chocando con los barcos que han invadido su espacio de libertad. La mar estaba en calma, pero ¿cómo sabían hacia dónde ir si era de noche? Me dio miedo. Miré a los dos hombres que bromeaban.
—Aquí Magallón —dijo mi padre apretando ese aparato redondo con rejillas —¿alguien a pocas millas de la costa está a bonitos? —continuó y soltó el aparato.
La bahía se fue quedando atrás y el barco cada vez subía olas más empinadas. Mi padre manejaba el timón y las cogíamos de frente, cuando las bajábamos el choque brusco con el mar hacía saltar el agua que nos mojaba si no estábamos a cubierta.
—Aquí el Mariuca, te recibo Magallón, estamos a unas 22 millas de Cabo Mayo. Estamos pescando —dijo la radio con sonido entrecortado.
Mi padre azuzó los motores y ya no saltábamos las olas, las pasábamos casi por encima y solo algunas gotitas se atrevían a entrar dentro de la cabina. Al cabo de un rato el rugido disminuyó y el movimiento del barco pasó a ser lateral, pero más amable. Chisco salió a sacar los sedales con los plomos.
—Quinín, trae los señuelos que parece que aquí hay algo —le dijo Chisco a mi padre mientras los dos hombres se colocaban el dedil.
—Papá, ¿yo puedo pescar? —pregunté contenta de que empezara a clarear y de que la costa se intuyera a lo lejos.
—Hoy solo tienes que observar y aprender —dijo sin prestarme atención—, los siguientes días quizá te dejemos que pesques alguno.
¿Los siguientes días, habría más días? Chisco empezó a notar cómo el sedal pesaba.
—¡Ahí va uno! —gritó tirando fuerte del hilo con las dos manos.
Cuando logró subir el pez, lo sujetó por la boca, le sacó el anzuelo y lo tiró en el balde mientras la sangre se desparramaba sin control. Durante un rato los dos hombres tiraban fuerte del sedal cada vez que picaba un bonito y los iban apilando en el balde ensangrentado en el que agonizaban. Los de abajo ya no se movían. El olor a sangre y mar podrido no parecía importarle a nadie más que a mí, pero la escena era entrañable. Papá me había llevado a pescar. Cuando volvimos al puerto a las diez de la mañana, mamá y Juanico nos saludaron con energía desde el muelle. Atracamos y papá dio un enorme beso a mamá.
—¿Y? —preguntó ella mirándole a los ojos.
—Todo bien —dijo misterioso mientras clasificaba los cadáveres del balde—, estos los vendemos en la lonja, los demás para casa.
Cuando llegamos a casa y después de una ducha caliente, mamá me preparó el almuerzo. El bonito con tomate sabía tan delicioso como siempre a pesar de haber descubierto su origen.
—Papá ha dicho que me va a llevar a pescar más días —le conté emocionada a mamá que se empeñaba en trocear el cadáver marino que cubría la encimera.
Ella sonrió orgullosa.
—Vas a poder ir a pescar siempre que quieras en el barco del abuelo.
—¿Siempre?
—Sí, siempre —contestó canturreando feliz.
Al cumplir los 18 años me enteré de que el abuelo les había dejado a mis padres en herencia el barco con la condición de que me enseñaran a pescar. Mi adiestramiento debía empezar con la temporada de bonito el verano inmediatamente posterior a su muerte.
— Fin —