Por entregas · palomasanzgarcía.com

Cuaderno

El cuaderno de una mujer que aprende a vivir más despacio sin haberlo elegido, y descubre que despacio también es un lugar. Puede que sea yo. Puede que sea alguien a quien me parezco.

Entrega de septiembre

Especies en extinción

Señoras y chicas que hacen la clase de body pump con su melena al viento y son capaces de coger la barra sin que se les enrede el pelo entre las pesas. Mi padre dice que los seres humanos nos vamos a extinguir. Yo creo que las primeras especies en extinguirse van a ser las de melena al viento y después los señores que hablan animadamente de trabajo en la sauna mientras los demás intentamos no asfixiarnos.

Sin profundizar

Hacer deporte se ha convertido en una obsesión, pero, como todo, sin profundizar. Cuando profundizo en algo, me aburro. Es un milagro seguir felizmente casada. Quizá sea porque vuelvo del gimnasio llena de endorfinas y le quiero más.

En modo sabio

Hoy toca comer en casa de mis padres. Que alguien haya pensado qué poner de comida, hecho la compra, cocinado y que además esté tan rico que no puedo parar de comer es una vuelta a la infancia en modo sabio. Cuando le recuerdo a mi hija que se ponga los zapatos porque nos vamos, vuelvo a la madurez en modo «yo puedo con todo». Poca sabiduría me queda.

Como en los viejos tiempos

No estaba contenta, tampoco triste, pero solo lloraba. No estaba mal, ni tampoco estaba bien. En algunos momentos me pareció que estaba en paz. Era el día de mi cumpleaños.

Semanas antes, cuando llegó el cansancio, no le hice caso. Volví a pensar (como otras tantas veces) que era pasajero, que yo podía, que eran unos días de esfuerzo. A la semana mi cuerpo no estaba contento. Me desplomé pero no descansé, y así seguí. Desplomada otra semana más, conviviendo con una migraña tras otra que entraban por la ventana, sigilosas. Por el día no sabía si comer o beber café porque cuando solo avanzas da igual. Y un día antes de ese día especial me colocaron una vía en el brazo. Como en los viejos tiempos, pensé. Otro hospital, otro médico, otra cara que comprendió lo nerviosa que estaba, y que cuando todas las pruebas salieron bien me dijo: «Ahora puedes quedarte más tranquila». Pude irme a casa. Mi marido me acompañó. Él está siempre a mi lado.

Mi cumpleaños fue bonito porque la casa estaba decorada con unas serpentinas de «Feliz cumpleaños», globos, y la inocencia entusiasta de mi hija de seis años.

Este año espero que el miedo que siento cada día y que resucita conmigo en forma de migraña me permita disfrutar de ella, de él, del jardín con las vistas al verde. No quiero nada más. Solo tengo miedo.

Cumplir cuarenta y ocho

Cumplir cuarenta y ocho años es agradablemente bipolar. Nunca va a volver el cuerpo que no duele, la energía de querer comerse el mundo sin rumbo, los tacones de vértigo sin esfuerzo, la libertad mal entendida. Hay un momento de duelo que trae una punzada en el estómago. Luego miro a mi familia. Alguien me dijo una vez: «Sois una familia bonita». Vuelvo a mirar. Nada más importa. Estoy aquí, me sostengo y mis raíces se hacen más profundas.

El río

Han pasado diez años desde que conocí a mi marido. Diez. Casi no me he dado cuenta. La vida me ha tenido entretenida esos años avanzando río abajo, a veces sin prisa y otras navegando la riada. Un día llegué a una catarata, me caí al vacío, y desde allí nunca volvió a ser nada igual. Nací yo, nací como madre, nací como esposa y ya no pude volver río arriba. Mi sombra, que quedó en lo alto, se retorcía de tristeza, pero yo ya no estaba allí. A veces me siento culpable, cuando remo con tranquilidad, por haberla abandonado. A veces en el silencio de la noche con luna, la echo de menos. Pero entonces me acurruco cerca de él, le abrazo y reconozco ese olor que conocí hace diez años. El río está en calma.

Entrega de octubre

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