Luna era una pequeña niña de cinco años con dos coletas y unos ojos muy redondos. Quería ser astronauta.

—Mamá, ¿cuándo puedo ser astronauta?

—Cuando seas mayor —contestaba cada noche su madre.

Pero Luna se acostaba una noche tras otra pensando que ya se habría hecho mayor, y siempre descubría que todavía tenía que esperar.

Por eso un día, mientras sus padres dormían, se levantó cuando estaba todo oscuro. Nunca había estado despierta a esas horas. Por la tarde había llegado un paquete en una enorme caja de cartón que papá había desembalado. La caja todavía estaba en un rincón del salón.

—Voy a ser astronauta —se repitió Luna dando la vuelta a la caja.

Aunque estaba todo oscuro, la leve luz de la farola que entraba por la ventana la ayudó a coger una cartulina para crear el pico de su nave espacial. La dobló, hizo un cono y acertó con el pegamento. Su cohete tenía pico.

Pero una nave espacial necesita ventanas para poder ver la Tierra desde arriba, pensó.

Con unas tijeras y mucha dificultad, porque estuvo a punto de clavarse la punta en el dedo, consiguió abrir un hueco en un lateral de la enorme caja de cartón. Miró entusiasmada su creación. Empezaba a sentirse astronauta.

De pronto, en la oscuridad, se movió un reflejo que deslumbró a Luna cuando miró por la ventana. Nunca había estado despierta a esas horas. La hora de las brujas. Horrorizada, empezó a temblar y se acurrucó junto a su conejito de felpa en la esquina que cubría el sofá. Tenía tanto miedo que las lágrimas no caían de los ojos para no hacer ruido. Al final empezaron a rodar por sus mejillas. Era muy difícil ser astronauta.

Luna esperó y esperó tanto que la tenue luz del amanecer se hizo más amable y por fin pudo salir de su escondite muy despacio. Se aseguró de que todo estaba bien alrededor del cohete. Sacó las pinturas de dedo del estuche y trazó una gruesa línea azul que recorría el cohete de arriba abajo. Después una roja y unas estrellas verdes en la punta. Contempló su obra maestra. Ahora sí era una astronauta.

Casi sin tocar el suelo volvió a su camita, pasando sigilosa por la puerta de la habitación de sus padres. Estaba tan cansada que, aunque ya se intuía el día, se quedó dormida.

—Luna, hora de levantarse —indicó mamá alzando la voz para que se despertara.

Luna no podía abrir los ojos, solo pensaba que no quería ir ese día al colegio. Se acordó de su cohete. Entonces oyó una voz de sorpresa que venía del salón. Muy despacio bajó de la cama, miró sus dedos pintados de colores y fue andando con el conejo de felpa cogido por las orejas. ¿Y si mamá se ha enfadado? ¿O a lo mejor papá?

Cuando entró en el salón estaban los dos allí, mirando algo escrito en la gran pantalla de la tele. Luna solo tenía cinco años y tardó un poco en leer el mensaje. «Bienvenida, astronauta Luna», ponía en letras mayúsculas de colores sobre la pantalla.

Luna miró las caras alegres de sus padres y corrió a abrazarles. Papá la ayudó a entrar dentro del cohete. Mientras ella saludaba por la ventana, mamá le dijo:

—Enhorabuena, Luna, ya eres astronauta, estoy muy orgullosa de ti —y le dio un beso en la manita que sobresalía por la ventana del cohete.

— Fin —